1.- La noche que lo cambió todo
Lawrence, Kansas – 22 de noviembre de 1983
La casa estaba en silencio. No el silencio vacío de una casa deshabitada, sino ese silencio cálido que solo existe cuando todos duermen. Afuera, el viento apenas se movía entre los árboles, y la luna colgaba sobre el tejado como una lámpara olvidada. Todo parecía en paz.
Mary Winchester caminaba por el pasillo con pasos suaves, casi flotando. Su bata de algodón se deslizaba sobre el suelo de madera, y su cabello dorado caía en ondas sobre sus hombros. Había algo en su forma de moverse que hablaba de rutina, de amor, de una vida que parecía segura.
La puerta de la habitación del bebé estaba entreabierta. Dentro, Sam dormía profundamente en su cuna, envuelto en una manta azul. Su respiración era tranquila, su rostro sereno. Mary se acercó, se inclinó, y le dio un beso en la frente. El tipo de beso que no se olvida, aunque el que lo recibe aún no tenga memoria.
Todo estaba bien.
Hasta que no lo estuvo.
Un sonido leve, casi imperceptible, la hizo girar la cabeza. Un crujido. Un susurro. Algo que no encajaba.
—¿John? —preguntó, sin levantar la voz.
La figura junto a la cuna no respondió.
Mary bajó las escaleras. La televisión estaba encendida, mostrando estática. John dormía en el sofá, con el mando en la mano y una cerveza medio vacía en la mesa. Todo normal. Todo demasiado normal.
El miedo llegó sin aviso. No como un golpe, sino como una corriente fría que le recorrió la espalda. Subió corriendo. La puerta de la habitación estaba abierta. Sam seguía allí. Pero algo había cambiado.
Y entonces lo vio.
No con los ojos. Con el instinto. Con esa parte del alma que sabe antes de entender.
Una figura. Oscura. Silenciosa. De pie junto a la cuna.
Mary no gritó. No tuvo tiempo. Fue lanzada contra el techo por una fuerza invisible. Quedó suspendida, como si el mundo la hubiera traicionado. Y luego, el fuego.
Las llamas brotaron de su cuerpo como si siempre hubieran estado allí, esperando. El techo se iluminó. El cuarto se volvió rojo. Sam lloraba. El aire se volvió denso.
John despertó. Subió. Vio a su esposa ardiendo en el techo. No entendió. No podía entender. Solo actuó.
Tomó a Sam. Gritó a Dean. Lo sacó de la cama. Lo empujó hacia la puerta. El fuego ya estaba en las paredes. La casa crujía. El calor era insoportable.
Salieron.
Y entonces, la explosión.
La casa se convirtió en una llamarada. Los vecinos salieron. Las sirenas comenzaron a sonar. Pero nada de eso importaba.
Mary había muerto.
Y algo más había nacido.
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