2.- Ecos de una vida normal


Palo Alto, California – 2 de noviembre de 2005

La mañana se colaba por las ventanas del apartamento como una promesa. Luz dorada sobre madera clara, el aroma de café recién hecho flotando en el aire, y el murmullo lejano del campus despertando. Sam Winchester estaba en la cocina, concentrado en preparar el desayuno. Sus movimientos eran precisos, casi metódicos. Café, tostadas, un poco de fruta. Nada extravagante. Nada que llamara la atención.

Jessica apareció en la puerta, envuelta en una manta, con el cabello revuelto y una sonrisa que parecía hecha para él.

—¿Ya estás despierto? —preguntó, frotándose los ojos.

—No podía dormir —respondió Sam, sin mirar.

Jessica se acercó, lo abrazó por la espalda, apoyó la cabeza en su hombro. El silencio entre ellos era cómodo. Familiar. Como si el mundo entero pudiera quedarse quieto un rato más.

—¿Otra pesadilla?

Sam dudó. Asintió.

No necesitaba decir más. Jessica sabía que él soñaba cosas que no compartía. Cosas que lo despertaban con el corazón acelerado y los ojos perdidos. Lo que ella no sabía era que esos sueños eran siempre el mismo: fuego, gritos, una mujer en el techo, llamándolo por su nombre.

Después del desayuno, Sam se dirigió al campus. Estudiaba derecho. Tenía una beca completa. Era brillante, reservado, disciplinado. Sus profesores lo admiraban. Sus compañeros lo respetaban. Jessica lo amaba.

Pero Sam vivía como si estuviera en una burbuja. Una vida cuidadosamente construida para alejarse de su pasado. No hablaba de su familia. No mencionaba a su padre ni a su hermano. Era como si hubiera nacido el día que llegó a Stanford.

Esa noche, asistieron a una fiesta en casa de unos amigos. El ambiente era relajado, con música suave, luces tenues, y risas que llenaban el aire. Sam participaba en un juego de trivia, respondiendo preguntas con una precisión asombrosa.

—¿Quién fue el autor del fallo en el caso Marbury vs. Madison? —preguntó uno de los chicos.

—John Marshall —respondió Sam sin dudar.

—¿Cuántos huesos tiene el cuerpo humano adulto?

—Doscientos seis.

Jessica lo miraba con admiración.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Memoria fotográfica —respondió Sam, encogiéndose de hombros.

Pero en su interior, sabía que su mente estaba entrenada para algo más que exámenes. Había pasado su infancia leyendo libros sobre demonología, folklore, y criaturas que la mayoría consideraba mitos. Su padre lo había preparado para cazar cosas que la gente no creía que existieran.

Después de la fiesta, regresaron al apartamento. Jessica se acurrucó junto a él en el sofá, y Sam la rodeó con el brazo. Por un momento, se permitió creer que esa vida era real. Que podía tener un futuro normal. Que los fantasmas del pasado no volverían.

Pero en lo más profundo de su mente, algo se agitaba. Una sensación de que la calma era solo una tregua. Que el mundo que había dejado atrás no lo dejaría a él.

Y esa noche, mientras dormía, el sueño volvió. El mismo sueño. La misma escena. La cuna. El fuego. La figura en el techo. Su madre, llamándolo con una voz que parecía venir de otro mundo.

Sam se despertó con el corazón acelerado. Miró a Jessica, que dormía plácidamente. Se levantó, caminó hasta la ventana, y observó el cielo nocturno.

No sabía que, en ese mismo momento, alguien se dirigía hacia él. Alguien que traía consigo el eco de una vida que Sam había intentado enterrar.

Su hermano.




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